El idiota
El idiota Nadie esperaba tal cosa. Quince minutos después, el príncipe N., Eugenio Pavlovich y el anciano, trataron en vano de devolver animación a la velada. Al cabo de media hora todos se retiraron. Antes de irse, los visitantes expresaron su simpatía, emitieron consejos y palabras de consuelo. Ivan Petrovich, en especial, dijo que el joven era «eslavófilo o cosa por el estilo, pero no parecía peligroso». El alto dignatario permaneció silencioso; verdad es que al día siguiente, o en los sucesivos, todos sintieron cierto desagrado. Ivan Petrovich se consideró ofendido, aunque moderadamente. Durante algún tiempo, el superior de Ivan Fedorovich testimonió una prudente frialdad a su subordinado. El alto dignatario «protector de la familia», formuló algunas observaciones al general Epanchin y de paso declaró que «se interesaba mucho por la felicidad de Aglaya». Aquel personaje no era mal hombre, pero si durante la velada había experimentado tanta curiosidad por Michkin se debía sobre todo a haber oído hablar de sus aventuras con Nastasia Filipovna y lo poco que conocía de la historia le hacía anhelar saber todo el resto.
La princesa Bielokonsky declaró al despedirse de Lisaveta Prokofievna:
—El muchacho tiene aspectos buenos y malos; pero, si quieres saber mi consejo, te diré que prevalecen los malos en él. Ya ves lo que es: un enfermo.