El idiota
El idiota —¡Y Nastasia Filipovna! —exclamó Michkin.
—Veo que pierde usted su flema y empieza a extrañarse. Compruebo con placer que tiene usted sentimientos de hombre. Le recompensaré diciéndole una cosa que le divertirá. ¿Quiere creer (¡lo que es prestar servicios a estas señoritas de alma elevada!) que me ha asestado hoy mismo un bofetón?
—¿Mo… moral? —preguntó Michkin.
—SÃ; no fÃsico. No creo que haya nadie capaz de levantar la mano sobre mÃ. En mi estado, ni una mujer, ni Gania siquiera, serÃan, según me parece, capaces de golpearme. No obstante, ayer hubo un momento en que temà que Gania me agrediera… ¿Apuesta algo a que sé lo que está usted pensando? Pues sé que usted se dice ahora: «Cierto, no se le puede pegar; pero sà ahogarle mientras duerme con una almohada o con un lienzo mojado… Y no se puede, sino que se debe…». Lo leo en su cara…
—¡Jamás he pensado tal cosa! —protestó el prÃncipe, indignado de semejante sospecha.
—No sé… Esta noche he soñado que me ahogaban con un lienzo húmedo… Y el hombre era Rogochin. ¿Qué le parece? ¿Será posible ahogar a una persona con un lienzo mojado?
—Lo ignoro.