El idiota
El idiota —Vaya, otra vez he cambiado de idea. Empezaré por Gania. ¿Querrá usted creer, prÃncipe, que también yo habÃa recibido una cita para hoy en el banco verde? No quiero mentir: yo mismo habÃa solicitado la entrevista, ofreciendo, en cambio, revelar un secreto. No sé si llegué muy pronto o no, pero el caso es que cuando acababa de sentarme junto a Aglaya Ivanovna vi llegar a Gania del brazo de su hermana. Andaban con naturalidad como si fuesen de paseo. Creo que se extrañaron mucho al verme allÃ. No lo esperaban, y el hallarme les hizo perder la serenidad. Aglaya Ivanovna se inmutó y, aun cuando usted no lo crea, le aseguro que se ruborizó vivamente. ¿Se deberÃa ello a mi presencia o al efecto que le produjo la belleza de Gabriel Ardalionovich? Lo cierto es que se puso muy encarnada y que todo concluyó en un instante y de una manera bastante absurda. Se levantó a medias, y después de corresponder al saludo del hermano y a la sonrisa lisonjera de la hermana les dijo: «Sólo querÃa expresarles personalmente la satisfacción que me causan sus sentimientos sinceros y amistosos, y decirles que, si se presenta la ocasión de recurrir a ellos, pueden estar seguros de que…». Y con esto les hizo una reverencia, y ellos se fueron. No sé si anonadados o triunfantes. Gania se sentÃa aniquilado, de seguro. No se daba cuenta de nada y estaba rojo como una langosta. ¡Qué cara tan especial ponÃa a veces! Pero Bárbara Ardalionovna debió de comprender que convenÃa marcharse en seguida, y que tal entrevista en sà representaba mucho ya en Aglaya Ivanovna. Sin duda fue consolando a su hermano por el camino. Es más inteligente que Gania y tengo la certeza de que se siente triunfante. En cuanto a mÃ, habÃa acudido con objeto de estipular las condiciones de una entrevista entre Aglaya Ivanovna y Nastasia Filipovna.