El idiota
El idiota —Puesto que estaba usted allÃ, le consta que yo no me hallaba presente.
—PodÃa haberse ocultado detrás de un matorral… En todo caso, el desenlace de esto me fue muy agradable, pensando en usted. Yo me habÃa figurado que Gabriel Ardalionovich iba a llevarse el gato al agua.
—Le ruego que no me hable de eso, Hipólito, y menos en esa forma.
—Tanto más cuanto que ya lo sabe todo.
—No es cierto. No sé casi nada y Aglaya Ivanovna supone que no sé nada. Incluso he ignorado hasta ahora esa entrevista de la que me habla usted… Pero dejemos eso…
—¿SabÃa usted o no sabÃa?… ¿En qué quedamos? ¡Deje eso! No sea usted tan confiado. Sobre todo, si no sabe nada. ¿Sabe usted, o sospecha al menos, lo que se proponÃan aquellos dos hermanos? Bien, prescindo de comentarlo —dijo al advertir en Michkin un gesto de impaciencia—. Yo he venido acerca de un asunto particular… y quiero… explicarme sobre él. Es preciso explicarse antes de morir. ¡El diablo me lleve si no tengo muchas explicaciones que dar! ¿Quiere usted oÃrme?
—Hable; le escucho.