El idiota
El idiota —Déjese de eso. Usted me compadece y, por lo tanto, ya cumple con las exigencias de la cortesÃa mundana. ¡Ah, me olvidaba! ¿Cómo está usted?
—Bien. Ayer tuve… Pero fue poca cosa.
—Ya lo habÃa oÃdo decir. Rompió usted un jarrón de China. ¡Cuánto siento no haber estado presente! Pero ¡voy a lo mÃo! En primer lugar le diré que he tenido el gusto de asistir a una entrevista de Aglaya Ivanovna y Gabriel Ardalionovich en el banco verde. Y he comprobado con admiración el aspecto absurdo que puede tener un hombre en esos casos. Asà se lo he hecho observar a Aglaya Ivanovna personalmente después que él se marchó. Veo, prÃncipe, que no se asombra usted de nada —añadió, examinando con desconfianza el rostro sereno de su interlocutor—. Se dice que el no asombrarse de nada es prueba de gran inteligencia, pero, a mi juicio, puede también ser prueba de gran estupidez. Dispénseme… Pero no me refiero a usted. Tengo poca fortuna hoy en mis expresiones.
—Ayer yo sabÃa ya que Gabriel Ardalionovich… —articuló Michkin, con visible turbación, pese a que Hipólito se sintiese molesto por la poca sorpresa que su interlocutor manifestaba.
—¡Lo sabÃa! ¡MagnÃfica noticia! Pero no le preguntaré cómo lo ha sabido… ¿Y no ha sido testigo de la entrevista de hoy?