El idiota

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Media hora después de que marcharan las Epanchinas, se presentó Hipólito, tan extenuado y rendido que, antes de proferir una palabra, se dejó caer literalmente en un sillón, como si le faltase el conocimiento. Luego sufrió un violento acceso de tos, acompañado de esputos de sangre. Sus ojos brillaban; manchas rojas encendían sus mejillas. Michkin balbució algunas palabras que el enfermo dejó sin contestación, limitándose a agitar un brazo durante largo tiempo, como pidiendo que se le dejara tranquilo. Al fin la tos cedió.

—Me voy —murmuró al fin, con ronca voz.

—Yo le acompañaré, si quiere —ofrecióle el príncipe. Y esbozó un movimiento para levantarse; pero inmediatamente recordó que se le había prohibido salir. Hipólito rio.

—No me voy de su casa —repuso con voz jadeante—. Por el contrario, he querido venir a verle, y a propósito de una cosa importante. De lo contrario, no le hubiera molestado. Quiero decir que me voy en definitiva. Esta vez creo que es de verdad, cosa hecha… Créame que no se lo digo para excitar su compasión. Hoy me acosté a las diez con el propósito de esperar en la cama «el momento», pero luego cambié de idea y me levanté para venir a verle. Lo cual significa que se trata de una cosa importante.

—Me duele verle así. Debió usted mandarme llamar en vez de venir en persona.


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