El idiota
El idiota —Todo lo inverosÃmil que usted quiera. Realmente, no tenÃa usted motivos para haberlo averiguado. Pero es un sitio tan pequeño éste, donde ni una mosca puede volar sin que todos lo sepan… De todos modos, le he advertido. DebÃa usted darme las gracias. Hasta la vista… que será probablemente en el otro mundo… Una cosa más: he obrado, respecto a usted, de un modo canallesco, porque… Aunque, en fin de cuentas, ¿por qué habrÃa yo de perjudicarme, quiere decÃrmelo? En beneficio suyo, ¿no? Bien: he dedicado mi «explicación» a Aglaya Ivanovna (¿No lo sabÃa usted tampoco?), y hay que ver cómo la ha recibido. ¡Ja, ja, ja! Pero con ella no he procedido canallescamente; no tengo nada de qué reprocharme, no, y ella, en cambio, me ha vilipendiado y ofendido… En realidad tampoco tengo nada de qué reprocharme con usted, porque si he hablado de esas «sobras» a Aglaya Ivanovna a fin de hacerla sentirse avergonzada de su amor, en cambio le revelo a usted ahora el dÃa, lugar y hora de esa cita, y le descubro todo el misterio. Claro que lo hago con mala intención y no por magnanimidad. En fin: estoy hablando tanto como un charlatán… O como un tÃsico. Y ahora escúcheme: si quiere merecer el apelativo de hombre, tome sus medidas sin perder un minuto. La entrevista está marcada para esta tarde.
Hipólito se dirigió a la puerta, pero oyendo al prÃncipe llamarle, se detuvo en el umbral. Michkin le preguntó: