El idiota
El idiota De pronto, los rasgos del semblante de Nastasia Filipovna adquirieron una expresión siniestra. Sus ojos, ahora tenaces, rencorosos y duros, parecían clavarse en el rostro de Aglaya. Ésta se hallaba confusa, sin duda, pero no intimidada. Al entrar no miró apenas a su rival y, al sentarse, inclinó la vista y así permaneció, como si no supiese decidirse a empezar. Dos veces, involuntariamente al parecer, miró en torno suyo y su rostro manifestó un disgusto muy intenso, como si temiese contaminarse allí. Arreglóse el vestido con ademán maquinal y en un momento determinado incluso cambió de postura y se apartó más en el diván. Probablemente todo aquello era más inconsciente que meditado, pero esa misma inconsciencia lo hacía más ofensivo. Al fin contempló con resolución a Nastasia Filipovna y en el acto leyó claramente cuanto expresaban los ojos ardientes de su rival. La mujer comprendía a la mujer. Aglaya se estremeció.
—Sabe usted seguramente… por qué la he invitado… a esta entrevista, ¿verdad? —comenzó en voz baja e insegura. Incluso se interrumpió dos veces antes de concluir tan breve frase.
—No sé nada —respondió Nastasia Filipovna con voz seca.