El idiota
El idiota —No le he dicho ni a él ni a usted que le amo —repuso con esfuerzo Nastasia Filipovna—… y es cierto que le he abandonado —añadió con voz casi ininteligible.
—¿Cómo que no? ¿Y sus cartas? —replicó Aglaya con violencia—. ¿Quién le ha pedido que se mezcle en nuestros asuntos? ¿Por qué me excita a casarme con él? ¿Por qué se obstina en imponernos su mediación? Al principio pensé que usted, entrometiéndose asÃ, deseaba hacer que yo le odiase y rompiera con él. Pero luego he comprendido la verdad. Usted se figura que con todas esas extravagancias realiza usted una buena acción. DÃgame: ¿puede acaso amar a un hombre cuando ama tanto su propia vanidad? ¿Por qué no se ha marchado usted tranquilamente en vez de escribirme esas cartas ridÃculas? ¿Por qué no se casa usted con el hombre magnánimo que tanto la ama y le ha hecho el honor de pedir su mano? La respuesta es muy sencilla: una vez casada con Rogochin, dejarÃa de ser usted una mujer envilecida e incluso alcanzarÃa una posición honrosa en la sociedad. Eugenio Pavlovich dice que usted ha leÃdo mucha poesÃa y que es «demasiado instruida para su situación». Él la considera una vÃctima de las lecturas y de la ociosidad. Añada a eso su vanidad, y todo queda claro.
—Y usted, ¿no es una ociosa?