El idiota

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Como se ve, la explicación entre las rivales degeneraba inopinadamente en violenta disputa. Decimos inopinadamente porque Nastasia Filipovna, al dirigirse a Pavlovsk, acariciaba todavía ciertos sueños aun cuando, ello aparte, más bien recelase una entrevista tormentosa que lo contrario. Pero Aglaya se había dejado arrastrar por la impetuosidad de su carácter y no supo negarse a la satisfacción de dar expresión a sus sentimientos. La propia Nastasia Filipovna se extrañó al ver el arrebato de la joven. Mirábala no queriendo creer en lo que sucedía e incluso se sintió llena de desconcierto. Fuese que hubiera leído demasiada poesía como juzgaba Radomsky, o que estuviese loca, según estimaba el príncipe, aquella mujer, a veces tan cínica e insolente en sus maneras, era en el fondo, mucho más púdica, tierna y confiada de lo que pudiera suponerse a primera vista. Cierto que existían en ella aspectos fantásticos, quiméricos y novelescos; pero poseía también energía y profundidad de carácter. Michkin, comprendiéndolo, no pudo ocultar el sufrimiento que le embargaba. Aglaya se estremeció de cólera al advertirlo.

—¿Cómo se atreve a hablarme de ese modo? —dijo con infinito desdén contestando a la observación de Nastasia Filipovna.

—Debe haberme entendido mal —repuso Nastasia Filipovna, sorprendida—. ¿De qué modo le he hablado?


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