El idiota
El idiota —Si era usted una mujer honrada, ¿por qué no abandonó a su seductor con sencillez y sin escenas teatrales? —preguntó Aglaya bruscamente.
—¿Y quién es usted ni qué sabe de mà para juzgar de mi situación? —replicó Nastasia Filipovna, pálida y temblorosa.
—Sé que no abandonó a Totsky para ponerse a trabajar, sino que fue con el opulento Rogochin para adoptar aires de ángel caÃdo. ¡No me hubiera extrañado que Totsky hubiese sido hasta capaz de suicidarse para huir de semejante ángel caÃdo!
—¡Basta! —atajó Nastasia Filipovna con voz dolorida y disgustada—. Usted me mira como si fuese… la doncella de DarÃa Alexievna, que ha ido a reclamar ante el jurado contra su novio… Pero esa misma mujer me comprenderÃa mejor que usted.
—Que yo sepa, quien usted dice es una muchacha honrada y vive de su trabajo. ¿Por qué considera a una doncella con ese desprecio?
—Mi desprecio no se refiere al trabajo, sino a usted cuando habla del trabajo.
—Si usted hubiese querido ser honrada, se habrÃa dedicado a lavandera.
Las dos se levantaron y se miraron cara a cara. Estaban palidÃsimas.
—¡Cállese, Aglaya! ¡Es usted muy injusta! —exclamó Michkin, fuera de sÃ.