El idiota
El idiota Rogochin no sonreÃa ya. Escucliaba atentamente apretando los labios, con los brazos cruzados.
—¡Miren, miren qué señorita! —dijo Nastasia Filipovna, estremeciéndose de ira—. ¡Y yo que la tenÃa por un ángel! ¿Ha venido usted sin institutriz, Aglaya Ivanovna? ¿Quiere usted que le diga, en el acto y sin rodeos, por qué ha venido aquÃ? Pues ha venido porque tiene miedo…
—¿Miedo de usted? —repuso la joven, profunda e ingenuamente extrañada al oÃr a su interlocutora hablarle con tal atrevimiento.
—SÃ, de mÃ. Cuando se ha decidido a visitarme, es porque me teme. A quien se teme no se le desprecia. ¡Y pensar en lo mucho que la he apreciado hasta hace un momento! ¿Sabe usted por qué me teme y cuál es ahora su finalidad principal? Usted ha querido saber en persona cuál de nosotras dos ama más al prÃncipe, porque está usted horriblemente celosa…
—Él mismo me ha dicho que la odiaba… —articuló Aglaya con dificultad.