El idiota
El idiota —Es posible… Quizá yo no merezca… Pero creo que miente usted. ¡Él no ha podido decir semejante cosa! De todos modos, teniendo en cuenta… su situación, estoy dispuesta a perdonarla. Sólo que tenÃa mejor opinión de usted; le aseguro que le creÃa más inteligente… e incluso más hermosa. Ea, llévese su tesoro. Ahà le tiene, mirándole embobado. Lléveselo, pero con una condición: que se vaya de aquà inmediatamente. ¡En el acto!
Dejóse caer en una butaca y estalló en llanto. De improviso una nueva llama se encendió en sus ojos. Levantóse y clavó en Aglaya una mirada obstinadamente fija.
—¿Quieres que le dé una orden? ¿Oyes? Me bastará mandárselo y se quede conmigo para siempre. Basta que se lo mande para que nos casemos. ¡Y tú volverás sola a tu casa! ¿Quieres verlo, quieres? —gritó enloquecida, trémula y desencajada.
Era posible que ni ella misma se hubiese juzgado capaz de semejante lenguaje. Aglaya, aterrorizada, corrió hacia la puerta. Pero se detuvo en el umbral, inmóvil como clavada en tierra, y escuchó.