El idiota
El idiota —¿Quieres ver cómo echo de aquí a Rogochin? Creías que ya me había casado con él para complacerte, ¿eh? Pues voy a ordenar a Rogochin que se vaya y luego diré al príncipe: «Acuérdate de lo que me has prometido». ¡Dios mío! ¿Por qué me ha humillado de este modo ante esta gente? ¿No me has dicho, príncipe, que te casarías conmigo, que no te importaría nada de nada, que no me abandonarías jamás, que me amabas, que me lo perdonabas todo y que me esti… me esti…? ¡Sí, lo has dicho! No huí de tu lado sino para devolverte tu libertad. ¡Pero ahora no quiero dejarte libre! ¿Quién es esa mujer para tratarme como a una perdida? ¡Pregunta a Rogochin si soy una perdida! ¿Serás capaz, León Nicolaievich, ahora que esa mujer me ha puesto como un trapo delante de ti, de salir del brazo de ella? ¡Maldito seas si lo haces! Porque eres el único hombre en quien he creído… ¡Vete, Rogochin, no te necesito! —gritó casi inconsciente.
Las palabras surgían con trabajo de su garganta, su rostro estaba descompuesto, sus labios ardían. Era notorio que no creía ni por asomo en lo que decía, pero se obstinaba en engañarse y prolongar su ilusión por un segundo más. Michkin tuvo la impresión de que aquel arrebato tan violento podía incluso costar la vida a Nastasia Filipovna.