El idiota
El idiota —¡MÃrale! —gritó ella a Aglaya, señalando al prÃncipe con el dedo—. Si no me prefiere en el acto, si no opta por mÃ… llévatelo, te lo cedo.
Las dos mujeres esperaban, fijando en Michkin las miradas de sus ojos extraviados. Es probable, e incluso seguro, que él no comprendiese toda la emoción de aquella llamada. Sólo reparó en el ser loco y desesperado que tan dolorosa impresión le produjera siempre, como habÃa dicho una vez Aglaya. No pudo contenerse más y dirigiéndose a la joven dijo, mostrándole a Nastasia Filipovna:
—¿Es posible? ¡Con una mujer tan desgraciada!
No pudo continuar. Enmudeció bajo la tremenda mirada de Aglaya, cuyos ojos mostraban una expresión de inmenso sufrimiento y de odio infinito. Michkin se golpeó las manos, lanzó un grito y se precipitó hacia Aglaya. Pero ésta habÃa percibido el momento de vacilación del prÃncipe y semejante vacilación fue más de lo que se sentÃa capaz de soportar.
—¡Dios mÃo! —gritó.
Y huyó de la habitación, cubriéndose el rostro con las manos. Rogochin se apresuró a seguirla para abrirle la puerta. Michkin quiso salir también en pos de Aglaya, pero al ir a cruzar el umbral se sintió sujeto por los brazos de Nastasia Filipovna. El rostro dolorido y convulso de la joven le contempló fijamente. Sus labios exangües murmuraron: