El idiota

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Era posible que Radomsky se fuese también al extranjero. El príncipe Ch. pensaba hacer un viaje de dos meses con Adelaida si sus ocupaciones se lo permitían. El general pensaba quedarse en Rusia. Ahora los Epanchin se habían trasladado a su finca de Kolmino, situada a veinte verstas de San Petersburgo y donde poseían una vasta casa solariega. La princesa Bielokonsky no había marchado a Moscú todavía. Dijérase que aplazaba su viaje deliberadamente. Lisaveta Prokofievna había insistido mucho en abandonar Pavlovsk, asegurando que era imposible continuar allí después de lo sucedido. El propio Eugenio Pavlovich transmitía diariamente a la generala los rumores que circulaban por la población. No se había juzgado oportuno trasladarse a la villa que poseían en Ielaguin.

—Y usted reconocerá, querido príncipe —añadió el narrador—, que era imposible continuar aquí, especialmente teniendo en cuenta que nadie ignora la actitud de usted, a pesar de la cual usted va a diario a llamar a la puerta del general, sin inmutarse por las negativas que recibe…

—Sí, sí, sí, tiene usted razón —repuso el príncipe, moviendo la cabeza—. Pero yo deseaba ver a Aglaya Ivanovna…

Radomsky se animó repentinamente.


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