El idiota
El idiota —SÃ; parece mentira que ese hombre que yace en el ataúd sea el mismo que hace tan poco tiempo presidió nuestra reunión. ¿Se acuerda? —dijo Lebediev en voz baja—. Pero ¿qué busca usted?
—Nada; me habÃa parecido…
—¿Miraba a Rogochin?
—¿Es que está aqu�
—SÃ; en la misma iglesia.
—Me parecÃa, en efecto, haber visto sus ojos —murmuró el prÃncipe con agitación—, pero ¿cómo está aquÃ? ¿Le han invitado?
—No se ha pensado en ello siquiera. La familia del difunto no le conocÃa. Ha entrado como muchos otros, mezclado con la gente. ¿Por qué le extraña? Yo suelo encontrarle a menudo. La semana pasada le vi cuatro veces en Pavlovsk.
—Yo no le he hallado… ni una sola vez desde entonces… —balbució Michkin.
Y como Nastasia Filipovna no le habÃa hablado tampoco de que hubiese visto a Rogochin, el prÃncipe concluyó que Parfen Semenovich, fuese por la causa que fuera, procuraba ocultarse. Todo el dÃa estuvo Michkin muy pensativo. En cambio, Nastasia Filipovna exteriorizó viva alegrÃa.