El idiota
El idiota Michkin no murió antes de su boda, ni durante el sueño, como predijera a Radomsky. Cierto que dormía mal y con pesadillas; pero por el día, en su trato con la gente, parecía hallarse bien, e incluso contento, aunque, cuando quedaba solo, se tomaba muy pensativo. Se apresuraron los preparativos del casamiento, que debía efectuarse unos ocho días después de la visita de Radomsky. Al ver aquella prisa, los mejores amigos de Michkin (suponiendo que fuesen tales) debían haber comprendido la inutilidad de sus esfuerzos para «salvar» al pobre loco. Incluso circuló el rumor de que Epanchin y su mujer habían intervenido en algún modo en la visita de Eugenio Pavlovich a Michkin. Pero si los esposos Epanchin, en virtud de su mucha bondad, querían esforzarse en evitar la pérdida del desgraciado insensato, les fue forzoso atenerse a aquella única y débil tentativa, porque ni su posición, ni acaso, como era natural, sus sentimientos les permitían ir más lejos en aquel camino. Ya dijimos que el príncipe encontraba hostilidad hasta en quienes le trataban más de cerca. Vera Lebediev se contentaba con llorar cuando se hallaba a solas con él, pero permanecía más en sus propias habitaciones e iba mucho menos que antes a las del príncipe. Entre tanto, Kolia cumplía sus postreros deberes con su padre, quien falleció tras un segundo ataque sobrevenido a los ocho días del primero. Michkin participó sinceramente en el dolor de los Ivolguin. Asistió al entierro del general y en los días sucesivos hizo largas visitas a Nina Alejandrovna. No faltó quien notara que su aparición en la iglesia con motivo del funeral había provocado muchos cuchicheos entre los concurrentes. Lo mismo sucedía en el parque o en los paseos cuando comparecía en ellos, ora en coche o a pie. Siempre que se le veía se pronunciaba a media voz su nombre y el de Nastasia Filipovna. Se buscó a ésta entre los asistentes a la ceremonia fúnebre, pero no estaba. La señora Terentieva no acudió al entierro. Lebediev supo arreglarse para hacerla quedarse en su casa. El oficio fúnebre produjo en Michkin un efecto penoso. Lebediev lo advirtió y en la misma iglesia le preguntó los motivos de su emoción. El príncipe repuso en voz baja que aquélla era la primera vez que asistía a un entierro según el ceremonial ortodoxo. A lo sumo recordaba haber presenciado siendo muy niño una ceremonia análoga en una iglesia de aldea.