El idiota
El idiota A las diez y media todos dejaron al príncipe, que tenía dolor de cabeza y necesitaba descansar. Kolia se retiró en último lugar, después de ayudar a su amigo a cambiarse de ropa. Ambos se separaron con mucha cordialidad. Kolia no habló de lo sucedido y prometió volver temprano al día siguiente. Según más tarde explicó, el príncipe, al separarse, no le insinuó nada sobre sus propósitos ulteriores. A poco, la casa quedó casi desierta. Burdovsky había ido a visitar a Hipólito. Keller y Lebediev habíanse encaminado no sabemos adónde. Sólo Vera pasó un rato en los departamentos del príncipe para poner las cosas en orden. Antes de irse, entró por un momento en la estancia donde se hallaba el príncipe, a la sazón junto a una mesa, con la cabeza entre las manos. Ella le tocó un hombro y él la miró con expresión absorta, pareciendo buscar en sus pensamientos. Y cuando la memoria volvió a su mente, empezó a evidenciar una extraordinaria agitación. Al fin rogó a Vera que le llamase a las siete de la mañana, ya que quería ir a San Petersburgo en el primer tren. La joven prometió hacerlo así. Él le suplicó que no lo dijera a nadie y ella lo prometió también. Cuando Vera abría la puerta para marchar, él la retuvo, le cogió las manos la besó en la frente y le dijo: «Hasta mañana», con singular expresión. Así, al menos, se explicó Vera posteriormente. La joven se retiró sintiendo una dolorosa inquietud. El día inmediato, de acuerdo con lo prometido, llamó a la puerta de Michkin y le advirtió que el primer tren salía de allí a un cuarto de hora. La buena cara y la sonrisa que Michkin mostraba cuando abrió la puerta tranquilizaron un tanto a la muchacha. El príncipe había dormido casi sin desvestirse, mas, no obstante, logró conciliar el sueño. Vera fue, pues, la única persona a quien él creyó conveniente y necesario hablar de su viaje a San Petersburgo.