El idiota
El idiota —No sé si querÃa hacerlo o no querÃa —repuso Rogochin, algo secamente, sorprendido de la pregunta y como si no la comprendiese siquiera.
—¿Llevaste el cuchillo a Pavlovsk?
—No lo he llevado jamás. —Y añadió, tras una pausa—: Ahora te diré lo referente a esa arma, León Nicolaievich. La cogà esta madrugada (porque la cosa pasó esta madrugada, entre las tres y las cuatro) de mi cajón donde la habÃa guardado entre las páginas de un libro. Y… y… lo que más me sorprende es que el cuchillo entró lo menos verchock y medio, y hasta puede que dos verchocks, debajo del seno izquierdo, y apenas si brotó sangre… A lo más, como media cucharada sopera…
—Eso… eso… —dijo Michkin sobresaltado y presa de intensa agitación—, yo sé en qué consiste. He leÃdo algo sobre ello. Se llama hemorragia interna: a veces no brota una sola gota de sangre. Suele suceder cuando… cuando el golpe va directo al corazón.
—¡Chist! ¿Oyes? —interrumpió Rogochin bruscamente, sentándose, espantado, en el lecho—. ¿Oyes? El prÃncipe sintió una inmensa inquietud.
—No —respondió fijando los ojos en su amigo.
—¿No oyes andar? En la sala…
Los dos aplicaron el oÃdo.
—Oigo —dijo Michkin en voz baja, pero con acento seguro.