El idiota
El idiota —¿Pasos?
—Pasos.
—¿Cerramos la puerta o no?
—Cerrémosla.
Corrieron el cerrojo y volvieron a acostarse. Siguió un prolongado silencio. De pronto Michkin tomó la palabra. Acababa de aferrar, por decirlo así, una de las ideas fugaces que relampagueaban en su mente y temía dejarla escapar.
—¡Ya, ya! —murmuró con agitación, incorporándose en un brusco movimiento—. ¡Ya! Yo quería… las cartas… Porque me han dicho que jugabas a las cartas con ella…
Rogochin no contestó de momento. Al cabo dijo:
—Sí.
—¿Dónde están… las cartas?
—Aquí las tengo —repuso, Rogochin, tras un nuevo silencio todavía más prolongado—. Míralas.