El idiota
El idiota Rogochin estuvo enfermo de fiebre cerebral durante dos meses. Pasado aquel tiempo, y curado ya, se le instruyó proceso. Hizo una confesión franca y completa. El príncipe fue dejado al margen de todo desde que comenzó a iniciarse la causa. El delincuente, al ser presentado al tribunal, habló muy poco. Su abogado, hombre hábil y elocuente, quiso probar con mucha claridad y lógica que el crimen había sido cometido bajo el influjo de una dolencia mental que el acusado sufría hacía largo tiempo y cuya base radicaba en ciertos crueles sufrimientos morales. Sin contradecir a su defensor, Rogochin no dijo nada en apoyo de tal tesis y, como ante el juez de instrucción, se limitó a contar detalladamente el asesinato. Considerado culpable, si bien con algunas circunstancias atenuantes, se le condenó a quince años de trabajos forzados en Siberia, sentencia que oyó pronunciar sin salir de su sombrío silencio. Su inmensa fortuna, de la cual sólo había disipada pequeña parte en la época de las locuras, pasó a su hermano Semen Semenovich, que la recibió con no escaso contento. La anciana señora Rogonchina vive aún y a veces parece recordar a su querido hijo Parfen, aun cuando sólo conservé de él una memoria muy vaga. Dios ha evitado a la mente y al corazón de la anciana el conocimiento de la catástrofe que ensombreciera su hogar.