El idiota
El idiota Lebediev, Keller, Gania, Ptitzin y varios otros personajes de nuestro relato prosiguieron haciendo su vida habitual. Nada ha cambiado en sus vidas y poco podríamos decir sobre ellos. Hipólito murió algo antes de lo que se pensaba, es decir, quince días después de Nastasia Filipovna. Su agonía fue terrible. Kolia quedó muy impresionado por todos aquellos acontecimientos, y ahora vive en relación mucho más estrecha con su madre, la cual considera que su hijo es demasiado melancólico para su edad y se inquieta bastante por él. Es muy probable que Kolia llegue a ser un hombre práctico y útil. Gracias, al menos en parte, a sus gestiones se tomaron las medidas que requería el estado del príncipe Michkin. Kolia había advertido que entre las personas que tratara últimamente la más capaz de todas era Eugenio Pavlovich Radomsky y, en consecuencia, no vaciló en visitarle. Le contó lo ocurrido y le manifestó la situación en que se encontraba Michkin. No se había engañado. Radomsky tomó el más fervoroso interés en la futura suerte del desgraciado «idiota», y merced a su activa intervención el príncipe fue llevado de nuevo a Suiza, al sanatorio del doctor Schneider. A la sazón Eugenio Pavlovich se ha ido también al extranjero y piensa pasar bastante tiempo allí, porque se ha convencido y lo confiesa sin rebozo, de que es hombre completamente superfluo en Rusia. Bastante a menudo, es decir, una vez cada dos meses, va a ver a su pobre amigo a casa de Schneider, y a cada visita encuentra al doctor más descorazonado. Schneider mueve la cabeza, arruga el entrecejo, da a entender que las facultades mentales del paciente se encuentran arruinadas casi en definitiva y, si no diagnostica una dolencia incurable, al menos dice lo suficiente para autorizar las más desoladoras conjeturas. Eugenio Pavlovich ha tomado esto muy a pecho y lo siente de todo corazón, porque tiene corazón, como lo acredita la circunstancia de que consiente en recibir cartas de Kolia y hasta incluso contesta algunas veces. Aún se conoce otro curioso detalle acerca de Radomsky, y como habla mucho en su favor nos apresuramos a declararlo. Después de cada una de sus visitas al sanatorio de Schneider, Eugenio Pavlovich no sólo escribe a Kolia, sino también a otra persona de San Petersburgo, a la que da muy detallados informes referentes a la salud del príncipe. Aparte repetidas protestas de la más sincera devoción, esas cartas expresan ciertas opiniones, ciertas ideas, ciertos sentimientos que, vagos al principio, se van precisando cada vez más a medida que se prolongan tales relaciones epistolares, y, en resumen, parecen revelar una amistad íntima y tiernamente fervorosa. La persona a quien esas cartas (poco frecuentes, cierto es) van dirigidas y a quien se atestigua una estima tan cordial, es Vera Lukianovna Lebedievna. No podemos saber con exactitud cuándo se iniciaron semejantes relaciones, pero cabe creer que comenzaron a raíz de lo sucedido al príncipe, hecho que afectó tanto a Vera que casi le costó una enfermedad. Si mencionamos esa correspondencia, se debe a que en ella había referencias a la familia Epanchin y sobre todo a Aglaya Ivanovna. En una carta un tanto incoherente, escrita desde París, Eugenio Pavlovich relataba que Aglaya, tras un breve y fogoso amor con un conde polaco refugiado en Francia, se había casado con él contra la voluntad de sus padres, quienes tuvieron que consentir en el matrimonio para evitar un escándalo. Después de un lapso de seis meses, en el transcurso del cual Vera no tuvo noticias de Eugenio Pavlovich, recibió al fin una carta muy larga y con detalles muy minuciosos, informando a la joven de que, con motivo de la última visita al sanatorio de Schneider, Radomsky había encontrado al príncipe Ch. y a toda la familia Epanchin (excepto, por supuesto, al general, a quien sus ocupaciones retenían en San Petersburgo. La entrevista fue curiosa: todos acogieron a Radomsky con verdadero embeleso. Alejandra y Adelaida le estaban muy agradecidas por su «angelical bondad con el desgraciado príncipe Michkin». Al saber el estado de enfermedad y decaimiento en que se hallaba el pobre León Nicolaievich, Lisaveta Prokofievna no pudo contener las lágrimas. Sin duda le había perdonado todo. El príncipe Ch. formuló algunos comentarios llenos de oportunidad y buen sentido. Eugenio Pavlovich creía notar que aún no existían comprensión y armonía perfectas entre Adelaida y el príncipe Ch., pero tenía la certeza de que en el porvenir la experiencia y el buen sentido del príncipe acabarían imponiéndose a la impetuosidad de la joven, quien aceptaría aquella dirección de buen grado. Por lo demás, las recientes lecciones sufridas por los suyos habían hecho reflexionar mucho a Adelaida. La triste suerte de su hermana menor no había sido, por supuesto, lo que menos la impresionara. En los seis meses transcurridos, los hechos confirmaron los temores que la familia Epanchin sentían respecto al conde emigrado. Aquel individuo no era en realidad ni conde ni emigrado en el sentido político de la palabra, sino que había debido abandonar su país a consecuencia de un asunto bastante turbio. La noble añoranza de la patria, de que alardeaba tanto el aventurero, era lo que había hecho que Aglaya le encontrase interesante. La joven se enamoró de él de tal manera que, antes de casarse, había incluso entrado a formar parte de una comisión organizada en el extranjero para luchar por la restauración de la nacionalidad polaca, y comenzado a frecuentar, además, el confesionario de un célebre sacerdote católico, quien ejercía gran influjo sobre el ánimo de la joven. Las vastas posesiones de que el supuesto conde polaco presentara pruebas casi irrefutables a Lisaveta Prokofievna y al príncipe Ch., resultaron ser un mito. Pero todo ello no tenía importancia comparado con el hecho de que el «conde» había logrado enemistar completamente a Aglaya con su familia, hasta el extremo de que hacía varios meses que la recién casada no veía siquiera a los suyos. Todavía hubiesen podido contarse muchas otras cosas al respecto, pero aquellas desgracias habían afectado tanto a Lisaveta Prokofievna, a sus hijas y hasta al príncipe Ch., que no se atrevieron a mencionar ciertos hechos en su charla con Radomsky, aunque le suponían completamente informado de la gran equivocación de Aglaya. La pobre Lisaveta Prokofievna anhelaba vivamente volver a Rusia y, siempre según la carta de Eugenio Pavlovich, criticaba con amargura todas las cosas del extranjero. «En ningún sitio se sabe cocer bien el pan —decía a su interlocutor—; en invierno se hielan como ratones en un agujero… Yo, al menos, he llorado como una buena rusa por este pobre hombre —añadió señalando a Michkin, que no acababa de reconocerlas—. Ya estamos hartos de extravagancias. Todo esto, todo extranjero, y este Occidente, y esta Europa de que tanto hablan ustedes, no es más que una fantasía también… ¡Ustedes mismos se convencerán! ¡Acuérdese de lo que le digo!», había concluido, casi enojada, al despedirse de Eugenio Pavlovich.