El idiota
El idiota —¿Ha visto una ejecución? —exclamó Aglaya—. ¡No lo hubiera creÃdo jamás! ¡Eso era lo que le faltaba!
—Desde luego, ello no concuerda nada con su quietismo —murmuró Alejandra, como hablando consigo misma.
—Ahora —dijo Adelaida, desviando la conversación—, cuéntenos sus amores.
El prÃncipe la miró con sorpresa.
—Escuche —continuó la joven con cierta precipitación—: tengo interés en oÃr la historia de sus amores. No niegue que alguna vez ha estado enamorado. ¡Ah, a propósito! Le advierto que en cuanto empieza usted a contar una cosa cualquiera desaparece toda su filosofÃa.
—Y en cuanto termina de relatar algo, parece avergonzarse usted de haberlo hecho —observó bruscamente Aglaya—. ¿Por qué?
—¡Qué estupidez! —exclamó la generala, mirando con indignación a su hija menor.
—Realmente, esa salida no es muy espiritual, Aglaya —contestó Alejandra.