El idiota
El idiota Y al terminar estas frases pareció muy confuso.
—Puesto que usted asegura haber sido feliz, no puede haber vivido menos, sino más que el resto de sus semejantes. Por lo tanto, ¿a qué vienen esas excusas? —dijo Aglaya con acritud—. No asuma una actitud de triunfador modesto, porque aquà usted no ha triunfado de nada. Dado el quietismo que profesa, podrÃa vivir feliz de cualquier modo durante cien años. Sea que se le muestre una ejecución capital o que se le muestre mi dedo meñique, usted extraerá de ambas cosas un pensamiento igualmente loable y se quedará tan satisfecho. AsÃ, la vida es sencilla.
—¿Por qué te irritas de ese modo? No lo comprendo —intervino la generala, que desde hacÃa largo rato escuchaba la discusión observando los semblantes de los interlocutores—. Además no sé de qué habláis, ¿a qué viene aquà ese dedo meñique? ¿Qué quieres decir con eso? El prÃncipe habla bien, sólo que no dice cosas alegres. ¿Por qué te empeñas en abrumarle asÃ? Cuando comenzó su relato, reÃa y ahora parece estar preocupado.
—Déjale, maman. Es lástima, prÃncipe, que no haya visto usted una ejecución capital, porque de haberla presenciado, quizá le pedirÃa una cosa…
—He visto una ejecución —repuso Michkin.