El idiota
El idiota —En otras palabras: ¿piensa usted que vive más inteligentemente que los demás? —precisó Aglaya.
—SÃ, a veces se me ha ocurrido esa idea.
—¿Y la sostiene aún?
—SÃ, aún —afirmó Michkin.
Hasta entonces habÃa contemplado a la joven con una sonrisa dulce e incluso tÃmida; pero después de pronunciar aquellas palabras rompió a reÃr y la miró alegremente.
—¡Verdaderamente no es usted muy modesto! —repuso ella, algo enojada.
—Son ustedes valientes —dijo él—. Ustedes rÃen, y en cambio a mà el relato de aquel hombre me impresionó tanto que hasta lo soñé. SÃ: vi en sueños aquellos cinco minutos de espera afanosa… —y de pronto, preguntó, con cierta turbación, aunque sin dejar de mirar fijamente a las tres muchachas—: ¿No están ustedes ofendidas contra mÃ?
—¿Por qué? —exclamaron ellas, sorprendidas.
—Porque parece, en efecto, como si estuviese instruyéndolas…
Todas coincidieron en una carcajada.
—Si se han molestado, dejen de sentirse molestas —continuó Michkin—. Sé bien que conozco la vida menos que los demás porque he vivido menos que cualquier otro. Pero a veces se me ocurre decir cosas extrañas…