El idiota
El idiota Tras hablar algunos instantes más sobre el mismo tema, el prÃncipe calló de repente. Su auditorio creÃa que iba a continuar.
—¿Ha terminado usted? —preguntó Aglaya.
—¿Cómo? ¡Ah, sÃ! —respondió Michkin, saliendo de una especie de ensueño en que parecÃa sumido.
—¿Y por qué nos ha contado eso?
—Por nada… Porque me ha acudido a la memoria… Una cosa llama a la otra y…
—Su relato carece de desenlace —dijo Alejandra—. Usted, prÃncipe, nos ha querido probar que no hay instante que no valga más de un kopec y que a veces cinco minutos pueden valer más que un tesoro. Todo ello está muy bien; pero permÃtame preguntarle una cosa. Ese amigo que le contó sus sensaciones y que, al parecer, consideraba una eternidad la vida si se la devolvÃan, ¿qué uso hizo de esa «vida eterna» cuando le conmutaron la pena? ¿Cómo aprovechó tal tesoro? ¿Vivió cada minuto sin perderlo y aprovechándolo como esperaba?
—¡Oh, no! Le pregunté si habÃa llevado a la práctica sus propósitos de aprovechar y no perder cada minuto de vida, y me confesó que habÃa dilapidado después muchÃsimos minutos.
—La experiencia es decisiva y demuestra que no se puede vivir aprovechando cada instante. Es imposible.
—Es imposible, en efecto —dijo Michkin—. Lo reconozco. Y, sin embargo, no puedo dejar de creer…