El idiota
El idiota —Respecto a la vida en una prisión —contestó Michkin— puede existir diversidad de criterio. He conocido a un hombre que habÃa pasado doce años en una cárcel y a la sazón era uno de los pacientes del doctor. SufrÃa ataques; a veces se agitaba, rompÃa a llorar, y en una ocasión incluso quiso suicidarse. Su vida en la cárcel habÃa sido triste, se lo aseguro; pero, con todo, valÃa más de un kopec. Todas sus relaciones de prisionero se reducÃan a una araña y un arbusto que cuidaba al pie de su ventana… Pero prefiero hablarles de otro hombre a quien he conocido el año último. En su caso hay una circunstancia rara, en el sentido de que pocas veces se produce. Este hombre habÃa sido conducido al cadalso y se le habÃa leÃdo la sentencia que le condenaba a ser fusilado por un crimen polÃtico. Veinte minutos después llegó el indulto. Pero entre la lectura de la sentencia de muerte y la noticia de que le habÃa sido conmutada la pena por la inferior, pasaron veinte minutos, o, al menos, un cuarto de hora durante el cual aquel desgraciado vivió en la convicción de que iba a morir al cabo de unos instantes. Yo deseaba saber cuáles habÃan sido sus impresiones y le pregunté sobre ellas. Lo recordaba todo con extraordinaria claridad y decÃa que nada de lo sucedido en aquellos minutos se borrarÃa jamás de su memoria. Y pensaba: «¡Si no muriese! ¡Si me perdonaran la vida! ¡Qué eternidad! ¡Y toda mÃa! Entonces cada minuto serÃa para mà como una existencia entera, no perderÃa uno sólo y vigilarÃa cada instante para no malgastarlo»…