El idiota
El idiota —A los doce años leà ese mismo loable pensamiento en mi «Manual de Enseñanzas Útiles» —declaró Aglaya.
—¡Siempre filosofÃa! —exclamó Adelaida—. Usted es un filósofo y viene a instruirnos.
—Quizá tenga usted razón —repuso Michkin, sonriendo—. Soy filósofo, en efecto, y hasta acaso me impela la idea de instruir… SÃ, es posible…
—Su filosofÃa —manifestó Aglaya— es la misma de Eulampia Nicolaievna, la viuda de un funcionario, que nos visita en calidad de parásito. Para ella, todo el problema de la vida se reduce a comprar barato, y, asÃ, no se aplica más que a gastar lo menos posible. Nunca habla sino de kopecs. Y le advierto que tiene dinero; sólo que lo disimula. Esto se parece al enorme tesoro de vida que usted encontrarÃa en una prisión, y acaso a su felicidad de cuatro años en una aldea, felicidad por la que ha cambiado su soñado Nápoles, y aun parece que con ganancia, siquiera ésta no pase de un kopec.