El idiota
El idiota —Al principio sÃ, sentÃa cierta tendencia inquieta y vagabunda. Pensaba siempre en mi existencia futura, querÃa adivinar mi destino y en algunos momentos el descanso me resultaba incluso penoso. Ya saben ustedes cuando pasa eso: cuando está uno a solas. En nuestra aldea habÃa una cascada, o, mejor dicho, un delgado hilo de agua que caÃa de una montaña casi perpendicular: un agua blanca, espumeante, tumultuosa. Hallábase como a media versta de nuestra casa y a mà me parecÃa verla a cincuenta pasos. Por la noche me agradaba oÃrla caer, pero en ciertas ocasiones se apoderaba de mà una gran agitación… De vez en cuando ocurrÃame estar solo en los montes en medio del dÃa: en torno mÃo se erguÃan grandes pinos seculares, olorosos a resina. En lo alto de una roca se divisaban las ruinas de un antiguo castillo feudal; la aldehuela, perdida en el valle, apenas se divisaba; el sol era vivo; el cielo azul; reinaba en torno un imponente silencio. Pues bien, en aquellos momentos me invadÃa el ansia de viajar y me figuraba que caminando siempre en derechura hasta franquear la lÃnea donde se confunden cielo y tierra, encontrarÃa más allá la clave de los misterios, hallarÃame en el centro de una vida nueva mil veces más animada que la nuestra. Y soñaba en una gran ciudad como por ejemplo Nápoles, llena de palacios, de agitación, de ruido, de vida… SÃ, yo tenÃa no sé qué aspiraciones… Pero a poco me pareció que en cualquier sitio, en una prisión incluso, se podÃa encontrar un tesoro de vida.