El idiota
El idiota —Nada les puedo enseñar —repuso Michkin, riendo también—. Durante mi estancia en el extranjero apenas salà de la aldea suiza a que me llevaron, y casi nunca me alejé de sus contornos. ¿Qué podÃa aprender allÃ? Primero me limité a dejar de aburrirme; luego recobré la salud, y más tarde empecé a estimar cada dÃa y cada dÃa adquirió, a medida que iba pasando el tiempo, un valor más grande a mis ojos. Me acostaba siempre contento y me levantaba más contento aún. Cuál fuera el motivo de ello, es cosa que no sé decir.
—¿Y no sentÃa deseos —preguntó Alejandra— de ir a otro lugar? ¿No experimentaba necesidad de trasladarse?