El idiota

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La anciana hubo de guardar cama definitivamente, y las comadres de la aldea acudieron a cuidarla por turno, según la costumbre de la región. Y entonces se dejó en absoluto de dar de comer a María. Todos la rechazaban de su puerta y nadie le proporcionaba trabajo como antes. Puede decirse que le escupían encima literalmente. Los hombres no la consideraban ya como una mujer y le dirigían las palabras más soeces. A veces, los domingos, cuando estaban embriagados, le arrojaban alguna moneda de a sueldo por irrisión. María las recogía en silencio.

Por aquella época comenzaba a escupir sangre. Acabó teniendo los vestidos tan andrajosos que no osaba presentarse en la aldea. Y desde su regreso andaba descalza. Los niños de la escuela, que pasaban de cuarenta, se regocijaban especialmente en molestarla y arrojarle inmundicias. Habiéndose dirigido a un propietario de vacas para que le diera trabajo, el hombre la puso en la puerta. Mas María, por iniciativa propia, comenzó a cuidar del ganado y pasó el día en aquella ocupación. El hombre, observando que le prestaba buenos servicios, dejó de arrojarla de allí, y hasta le daba a veces los restos de su comida que solían consistir en pan y queso. Y consideraba esto como una gran bondad que hacía a la joven.



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