El idiota

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María, hambrienta y haraposa, yacía en tierra a los pies de su madre y lloraba. Mientras los visitantes afluían, ella se tapaba el rostro con los revueltos cabellos e inclinaba los ojos al suelo para rehuir la curiosidad de la gente. Todos hacían círculo en su torno, mirándola como a un reptil. Los viejos la censuraban implacablemente; las mujeres la colmaban de injurias y ofensas, contemplándola con repugnancia, como si viesen un bicho asqueroso. La madre, sentada en su habitación, lejos de oponerse a aquella actitud, les alentaba con la voz y el ademán.

La anciana estaba muy enferma, casi moribunda, al extremo de que a los dos meses falleció; pero aun sintiendo aproximarse su fin se negó a reconciliarse con su hija. No le hablaba jamás, la hacía acostarse en el zaguán y apenas le daba de comer. Necesitaba mojarse frecuentemente las piernas hinchadas con agua caliente, y a pesar de que María se las lavaba y le prodigaba afectuosos cuidados, la vieja los aceptaba sin compensarle con una sola palabra cariñosa. La joven lo sufría todo con resignación. Más adelante, cuando entablé conocimiento con ella, observé que aprobaba aquella actitud, considerándose a sí misma como la más vil de las criaturas.



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