El idiota
El idiota Llegó sucia, andrajosa, con los zapatos terriblemente desgarrados. Había andado durante ocho días durmiendo al raso y sufriendo mucho frío. Tenía ensangrentados los pies y las manos hinchadas y ulceradas. Antes tampoco era hermosa: sólo tenía unos ojos muy dulces, llenos de inocencia y de bondad. Su taciturnidad era extraordinaria. Una vez, poco antes del incidente de que he hablado, comenzó de pronto a cantar mientras trabajaba y el hecho causó general asombro. «¡María ha cantado! ¡Hay que ver! ¡María ha cantado!», se decían riendo. Ella, oyendo a la gente, quedó muy confusa y desde entonces se encerró en un mutismo obstinado.
En aquel tiempo trabajaba aún y la miraban con benevolencia; pero cuando volvió enferma y con los miembros ensangrentados nadie le testimonió la menor piedad. ¡Qué dura es la gente en casos así! ¡Con qué severidad juzga las cosas!
La vieja fue la primera en recibir a su hija con ira y desprecio. «¡Me has deshonrado!», le dijo. Y fue la primera también en abandonarla a su vergüenza. En cuanto se supo en la aldea la vuelta de María, todos, viejos, niños, mujeres, jóvenes, todos, repito, acudieron a verla. Los habitantes de la aldea casi en pleno invadieron la cabaña de la anciana.