El idiota

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Los niños inicialmente se burlaban de mí y desde que me sorprendieron besando a María comenzaron a tirarme piedras.

No la besé más que una vez… No se rían —apresuróse a añadir el príncipe replicando a las sonrisas de su auditorio—: el amor no intervino en eso para nada. Si ustedes hubiesen conocido a aquella infeliz criatura la habrían compadecido tanto como yo. Era una joven de la aldea, que habitaba con su anciana madre una cabaña con sólo dos ventanitas, en una de las cuales la vieja, con permiso de las autoridades locales, vendía cintas, hilas, hilos, tabaco y jabón, comercio que le producía el poco dinero preciso para su vida. Estaba enferma y tenía las piernas hinchadas, lo que la obligaba a permanecer siempre en un asiento. María contaba veinte años y era delgada y de débil constitución. Hacía largo tiempo que se encontraba tuberculosa, pero aun así iba a asistir a las casas, donde realizaba trabajos muy pesados: fregar el suelo, lavar la ropa, limpiar los platos, dar el pienso a las bestias…

Un viajante francés la sedujo y se la llevó consigo; mas al cabo de una semana la dejó plantada. Abandonada en una carretera, María volvió a su casa pidiendo limosna por el camino.


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