El idiota

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Aunque parezca increíble, esta cobardía agradó a casi todos. Pero entonces sobrevino una novedad. Los niños, que en aquella época ya estaban todos de mi parte y comenzaban a querer a María, tomaron la defensa de la desgraciada. Vean cómo comenzó la cosa. Yo, antes ya, deseaba favorecer en algo a la pobre joven. Ella padecía gran necesidad de dinero, mas yo durante mi estancia en Suiza no dispuse de un solo kopec. Pero sí tenía un alfiler de diamantes y lo vendí a un buhonero que andaba de pueblo en pueblo vendiendo ropas usadas. El hombre me dio ocho francos por mi alfiler, que valía lo menos cuarenta. Largo tiempo transcurrió antes de que yo pudiese hablar a solas con María. Al fin nos encontramos fuera del poblado, en un sendero montañoso, tras un árbol.

Le entregué los ocho francos y le recomendé que los administrara bien, porque en adelante no podría volver a ayudarla. Y luego la besé diciéndole que no lo tomase en mal sentido y que si la besaba no era porque estuviese enamorado de ella, sino porque me inspiraba profunda piedad, y porque nunca, desde el principio, la había considerado culpable, sino desgraciada.




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