El idiota
El idiota Yo sentía verdadero deseo de consolarla, de persuadirla que hacía mal en considerarse tan por debajo de las otras mujeres, pero no tardé en observar que no comprendía mis palabras. Lo noté en su actitud. Permanecía en pie ante mí, silenciosa, con los ojos bajos, como abrumada por la vergüenza.
Cuando hube terminado me besó la mano. Yo tomé la suya y quise besarla también, pero la retiró en seguida. De pronto los niños nos descubrieron. Toda la banda se hallaba ante nosotros. Supe después que llevaban largo rato espiándonos.
Comenzaron a reír, a silbar, a dar palmadas y María se puso en fuga rápidamente. Traté de hablarles, pero comenzaron a lanzarme piedras. Aquel mismo día la aldea conocía toda la historia. La maledicencia pública se encarnizó más que nunca con María. Incluso oí decir que se hablaba de que las autoridades le infligiesen un castigo, pero, gracias a Dios, la iniciativa no se llevó adelante. En cambio los niños no dejaban un instante de reposo a su víctima. La perseguían sin cesar y le arrojaban todo género de porquerías.
La pobre enferma, cuando les veía llegar, corría con todas las fuerzas de sus débiles piernas, tosiendo y jadeando. Ellos la seguían vociferando injurias.