El idiota
El idiota Una vez tuve literalmente que entablar una lucha con ellos. Más adelante traté de hacerles entrar en razón, o al menos intenté realizarlo. A veces me escuchaban, pero no por eso dejaban de hostigar a María.
Al fin acerté a explicarles lo desgraciada que era y entonces no tardaron en dejar de injuriarla y empezaron a pasar de largo ante ella sin decirle cosa alguna. Poco a poco los niños y yo fuimos teniendo charlas más prolongadas. Yo les contaba todo, no les ocultaba nada. Ellos me escuchaban con curiosidad y principiaron a sentir lástima de la pobre joven. Algunos cuando la encontraban, le dirigían ya un afable «buenos días».
María, según imagino, debió de sorprenderse mucho de semejante cambio. Una vez, dos chiquillas que tenían algunas vituallas para merendar fueron a llevárselas a la joven y vinieron a decírmelo. Añadieron que María se había puesto a llorar y que ahora ellas la querían mucho.
En breve todos los niños llegaron a amarla y a experimentar a la vez un repentino afecto por mí. Acudían a menudo en mi busca y siempre me pedían que les contase algo. Creo que yo debía relatar bien, porque se mostraban ávidos de mis narraciones.
Entreguéme al estudio y a la lectura para poder comunicarles lo que aprendía en los libros, y esto continuó así durante los tres años siguientes.