El idiota
El idiota Cuando Michkin dejó de hablar todas las que le oÃan le miraron jovialmente, incluso Aglaya; pero la que más satisfecha se mostró fue Lisaveta Prokofievna.
—¡Ea, ya le hemos examinado! —exclamó—. Vosotras, hijas, os proponÃais protegerle en calidad de pariente pobre, y he aquà que él apenas se digna aceptar vuestra protección, y aun esto con la advertencia previa de que os visitará poco a menudo. De modo que hemos quedado burladas, e Ivan Fedorovich más que nosotras aún. ¡Me alegro mucho! ¡Bravo, prÃncipe! Se nos habÃa encargado hacerle un examen… Lo que ha dicho usted de mi cara es la pura verdad: yo soy una niña y lo sé. Lo sabÃa antes de que usted lo dijera y usted ha definido mi pensamiento en una palabra. Creo que su carácter es absolutamente semejante al mÃo y que nos parecemos como una gota de agua a otra, lo que me satisface mucho. La única diferencia consiste en que usted es hombre y yo mujer; que usted ha estado en Suiza y yo no.
—No te precipites, maman —dijo Aglaya—. El prÃncipe ha declarado que tenÃa sus motivos para hablar con esa franqueza y que no lo hacÃa por ingenuidad.
—¡SÃ, sÃ! —apoyaron, riendo, las otras dos jóvenes.