El idiota
El idiota Era notorio que no había por qué buscar sobrentendidos ni segundas intenciones en aquellas palabras, surgidas espontáneamente de la boca de Michkin sin que él les atribuyese significado particular alguno; pero, aun así, produjeron un efecto extraordinario. Fue como si toda la cólera de Gania se volviese de repente contra Michkin. Asióle por los hombros, siempre en silencio, tal que si fuese incapaz de proferir una palabra, y le fulminó con una mirada llena de odio y rencor. Se produjo un movimiento general. Nina Alejandrovna dejó escapar un grito. Ptitzin, inquieto, avanzó hacia los dos hombres. Kolia y Ferdychenko que iban a entrar, se detuvieron estupefactos. Sólo Varia conservó su impasibilidad. En pie, un poco apartada, cruzando los brazos, la joven continuaba mirando la escena con el rabillo del ojo.
En un segundo Gania recobró el dominio de sí mismo. Su ira dejó lugar a una risa nerviosa.
—¿Qué decía usted, príncipe? Que haría falta llamar a un médico, ¿no? —exclamó con tanta jovialidad como pudo—. ¡Casi me ha dado miedo! Voy a presentárselo, Nastasia Filipovna. Es un tipo extraordinario, como he podido apreciar ya, aunque sólo le conozco desde esta mañana.
Nastasia Filipovna fijó, su mirada en Michkin con verdadera sorpresa.