El idiota
El idiota —¿PrÃncipe? ¿Es prÃncipe? ¡Imaginen que hace un momento, en la entrada, le he tomado por un lacayo y le he ordenado que me anunciase! ¡Ja, ja, ja!
—¡No importa, no importa! —dijo Ferdychenko, quien, viendo que ya se comenzaba a reÃr, se apresuró a mezclarse a la reunión—. No importa: «se non è vero…».
—Y, además, creo haberle tratado con violencia, prÃncipe. Le ruego que me perdone. ¿Qué hace usted aquà a esta hora, Ferdychenko? Por lo menos yo no contaba encontrarle. ¿Cómo dice que se llama este señor? ¿El prÃncipe Michkin? —añadió la joven dirigiéndose a Gania que, sin soltar los hombros de su huésped, ultimaba en aquel instante la presentación.
—Vive con nosotros —dijo Gania.
Era evidente que se hacÃa desempeñar a Michkin el papel de un animal extraordinario. Su presencia proporcionaba un medio de salir de lo falso de la situación. Se le arrojaba, si cabÃa decirlo, como pasto a la curiosidad de Nastasia Filipovna. Michkin oyó incluso murmurar a sus espaldas la palabra «idiota», probablemente articulada por Ferdychenko para edificación de la visitante.
—DÃgame: ¿por qué no me sacó de mi error cuando me equivoqué con usted de ese modo? —preguntó Nastasia Filipovna mirando al prÃncipe de pies a cabeza con una desenvoltura excepcional.