El idiota
El idiota Y esperó la contestación con impaciencia, presumiendo que el interpelado iba a escandalizar a todos con su falta de juicio.
—He quedado tan sorprendido al reconocerla de pronto… —balbució Michkin.
—Pero ¿cómo ha podido reconocerme? ¿Me habÃa visto antes en algún sitio? El caso es que también a mà me parece haberle encontrado no sé dónde. Además, permÃtame preguntarle por qué sigue usted aún como clavado en el suelo y mirándome. ¿Hay algo de asombroso en mi persona?
—¡Oh, oh, oh! —exclamó Ferdychenko, jovial—. ¡La de cosas que yo contestarÃa si se me hiciese semejante pregunta! Vamos, hombre… Realmente, prÃncipe, si no contestas bien ahora, eres tonto.
Michkin rio suavemente.
—También yo, en el lugar de usted, dirÃa muchas cosas —repuso. Y dirigiéndose a Nastasia Filipovna, continuó—: En primer lugar, su retrato me habÃa impresionado mucho. Luego hablé de usted con las Epanchinas… Y ya por la mañana, en el tren que me traÃa a San Petersburgo, habÃa conversado largamente acerca de usted con Parfen Semenovich Rogochin. En el momento que la abrà la puerta, pensaba precisamente en usted, y, viéndola aparecer tan de repente…
—Pero ¿cómo sabÃa usted quién era yo?
—HabÃa visto su retrato, y además…