El idiota

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—Y además, ¿qué?

—Que usted responde del todo a la idea que yo me había hecho de cómo era. También a mí me parece haberla visto en alguna parte.

—¿Dónde? ¿Dónde?

—No sé; en algún sitio… Pero no; es imposible; lo he dicho sin darme cuenta. Nunca he habitado en San Petersburgo, y… Acaso la haya visto en sueños.

—¡Ajá, príncipe! —exclamó Ferdychenko—. Retiro mi «se non è vero…». —Y exclamó, compasivo—: Por otro lado, dice todo eso sin malicia, compréndalo.

Michkin había proferido sus palabras anteriores con acento inquieto y entrecortado, como el de una persona a quien le falta la respiración. Todo él denotaba una agitación extraordinaria. Nastasia Filipovna le examinaba con curiosidad, pero no reía.

De pronto, tras el círculo que se había formado en torno al príncipe y a la joven, oyóse una voz sonora. El grupo se separó para dejar paso al jefe de la familia. Porque era el general Ivolguin en persona. Vestía de frac, su pechera esplendía con brillo irreprochable y llevaba los bigotes teñidos.


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