El idiota
El idiota —Aquà están en mi pecho, y aun me duelen cuando el tiempo cambia. Las recibà en el asedio de Kars. En los demás sentidos, vivo como un filósofo: paseo, juego a las damas en el café, como un burgués retirado de los negocios, y leo la Indépendence. En cuanto a Epanchin, nuestro Porthos, no mantengo relaciones con él desde un incidente que me sucedió hace tres años en el tren, por culpa de un falderillo…
—¿De un falderillo? ¿Qué le pasó? —dijo, con viva curiosidad, la visitante—. ¿Un incidente a propósito de un faldero? ¿Y en el tren? —añadió, como si las palabras del general le recordasen algo conocido.
—Fue un incidente tonto, que casi no merece mención. Me sucedió con la señora Schmidt, institutriz en casa de la princesa Bielokonsky. Pero no vale la pena de referirlo.
—¡SÃ! ¡Cuéntelo! —exclamó Nastasia Filipovna, jovial.
—Yo no habÃa oÃdo hablar de ello antes —observó Ferdychenko «C'est du noveau».
—¡Ardalion Alejandrovich! —exclamó Nina Alejandrovna, suplicante.
—¡Papá: ahà fuera preguntan por usted! —manifestó Kolia.