El idiota
El idiota El general se puso muy encarnado. Kolia, no menos confuso que su padre, se llevó ambas manos a la cabeza. Ptitzin volvió la cara rápidamente. Tan sólo Ferdychenko continuó riendo. En cuanto a Gania, estaba sobre un verdadero potro de tortura desde el principio de la conversación.
—Le aseguro —balbució Ardalion Alejandrovich— que a mà me ha sucedido lo mismo…
—Papá —afirmó altivamente Kolia— tuvo, en efecto, no sé qué disgusto con la Schmidt, la institutriz de los Bielokonsky… ¡Me acuerdo muy bien!
—¡Qué coincidencia tan rara! ¡Los incidentes exactamente iguales en los dos extremos de Europa! —prosiguió Nastasia Filipovna, implacable—. Ya le enviaré la «Indépendence Beige».
—Pero repare —observó el general— que mi aventura sucedió dos años antes…
—Verdaderamente, eso implica una diferencia —repuso la visitante, que lloraba ya a fuerza de tanto reÃr.
—Quiero decirte dos palabras en privado, papá —intervino Gania con voz temblorosa.
Y maquinalmente asió el hombro de su padre. En la mirada del joven se leÃa un odio infinito.