El idiota
El idiota —Y, ¿le pegó duro?
—Le aseguro que no. Se produjo un escándalo, pero no le pegué con fuerza. Me limité a defenderme, a rechazar el ataque. Desgraciadamente, todo el asunto parecÃa organizado por el mismo demonio. La señora del vestido azul resultó ser una inglesa, institutriz en casa de la princesa Bielokonsky, y la dama de negro era la mayor de las hijas de la princesa, una soltera de treinta y cinco años. Sabida es la intimidad que existe entre el general Epanchin y esa familia. Hubo lágrimas, desmayos, se vistió luto por el perrillo favorito, las seis hijas de la princesa unieron sus lágrimas a las de la institutriz… En resumen: el fin del mundo. Desde luego yo presenté excusas, escribà una carta… Pero no se me quiso recibir ni a mà ni a mi carta. De allà resulté mi ruptura con los Epanchin y finalmente mi expulsión del ejército.
—Dispénseme —interrumpió Nastasia Filipovna—. ¿Cómo se explica usted que hace seis dÃas se haya publicado exactamente la misma historia en la «Indépendence», periódico con recibo con regularidad? ¡Es exactamente la misma! Esta anécdota sucedió en un tren de una lÃnea renana entre un francés y una inglesa, y en ella figuran también un cigarro arrancado de las manos y un faldero arrojado por la ventanilla, y hasta el desenlace es igual que el de su aventura. Incluso el vestido de la dama era azul celeste…