El idiota
El idiota En la antesala se produjo un vivo barullo, como si hubiesen entrado varias personas en tropel y todavÃa continuara la invasión. Sonaban diversas voces al mismo tiempo y algunas de ellas en la escalera, de lo que podÃa deducirse que la puerta no estaba cerrada aún. Todos se miraron unos a otros, como preguntándose de qué género podÃa ser semejante visita. Gania se precipitó al comedor, donde ya se habÃan introducido varios sujetos.
—¡Aquà está el Judas! —gritó una voz conocida de Michkin—. ¡Buenos dÃas, Gania, grandÃsimo granuja!
—¡Es él, él en persona! —exclamó otra voz.
Michkin no podÃa dudar ya. El primero que habÃa hablado era Rogochin; el segundo Lebediev.
Gania, petrificado en el umbral del salón, asistió silenciosamente a la entrada en el comedor de los diez o doce hombres que componÃan el acompañamiento de Rogochin, sin que se le ocurriera impedirla. El grupo, muy heterogéneo, se distinguÃa en particular por su desorden e incoherencia, sà que también por su escasa educación. Varios habÃan penetrado sin quitarse sus abrigos o pellizas. Aunque no ebrios en absoluto, todos parecÃan bastante animados. Para tener el valor de entrar, cada uno de ellos necesitaba sentir el contacto de los otros, porque ninguno habrÃa osado invadir la casa por sà solo.