El idiota
El idiota —Hay ciertas razones… Usted no lo sabe todo, prÃncipe… Es que… Además, está convencida de que la amo con locura, se lo aseguro. Incluso me inclino a creer que ella me quiere a su modo. Ya conoce usted el proverbio: «Quien bien te quiere, te hará llorar». Ella me considerará siempre como un bellaco (y puede que sea lo que le convenga en el fondo), pero a pesar de todo me amará a su manera. Y está preparándose para ello: tal es su carácter. Es una verdadera rusa, se lo juro, prÃncipe. Pero yo le preparo una sorpresa. Aunque impremeditadamente, la escena de antes con Varia ha resultado oportuna para servir mis intereses. Nastasia Filipovna ha tenido asà la prueba de mi devoción por ella, devoción que me llevó, en apariencia, a mostrarme dispuesto a romper todos los vÃnculos con mi familia. Esté usted seguro de que no soy un necio… Pero sà dirá usted que soy un charlatán, ¿no? Quizá yo no acierte, querido prÃncipe, al hacerle estas confidencias, mas me he lanzado sobre usted, porque es el primer hombre honrado que he conocido. Al decirle que me he lanzado sobre usted no pretendo hacer un juego de palabras. No está usted disgustado ya conmigo por lo de antes, ¿verdad? Acaso sea ésta la primera vez desde hace dos años que hablo con el corazón en la mano. Créame que aquà padecemos una terrible escasez de personas honorables. Ninguno supera en honradez a Ptitzin… ¡Figúrese! Creo que se rÃe usted… Pero ¿no sabe que los granujas estiman a la gente honrada? Y yo… Aunque, por otra parte, ¿por qué he de ser yo un granuja? DÃgame con franqueza, ¿me cree usted un granuja? ¿Por qué me califican todos asÃ, empezando por Nastasia Filipovna? Mas, ya que lo hacen, sigo el ejemplo de ellos y de ella y me califico de granuja también. ¡Adelante, pues, con la granujerÃa!