El idiota
El idiota —Se lo pedirá, pero no se lo dé. Antes mi padre era un hombre correctÃsimo, lo recuerdo bien. Frecuentaba la mejor sociedad. Mas ¡qué pronto empieza la decadencia de estos señores tan correctos, cuando llegan a viejos! Al primer revés de fortuna, se opera en ellos una transformación completa. Antaño, se lo aseguro, mi padre no mentÃa jamás; apenas si era un poco más entusiasta de lo debido. ¡Y vea en lo que ha venido a parar! La culpa es del vino, sin duda. ¿No sabe usted que tiene una querida? De modo que no es ya un mero charlatán inofensivo. No comprendo la paciencia de mamá, ¿le ha contado ya mi padre el asedio de Kars? ¿No le ha dicho que tenÃa un caballo gris que hablaba? Se ve que no ha tenido tiempo todavÃa…
Y Gania rompió en una franca carcajada.
—¿Por qué me mira usted asÃ? —preguntó bruscamente al prÃncipe.
—Porque me sorprende verle reÃr tan sinceramente. Tiene usted, en realidad, una alegrÃa casi infantil. Cuando ha venido a reconciliarse conmigo y me ha dicho: «Si quiere, le besaré la mano», he pensado que un niño no habrÃa podido portarse de otro modo… Es usted, pues, capaz de hablar y proceder todavÃa con la candidez de la infancia. Luego, de improviso, me habla usted de sus tenebrosos proyectos concernientes a los setenta y cinco mil rublos. Verdaderamente, todo ello me parece absurdo e increÃble.