El idiota
El idiota Ésta vivía en un piso realmente magnífico, aunque no muy grande, alquilado cinco años antes, a su llegada a San Petersburgo. En tal sentido, Totsky se atenía a la joven. Él aún confiaba entonces en recuperar su amor y había querido fascinarla a fuerza, principalmente, de lujo y comodidades, sabiendo lo fácilmente que se adquieren costumbres suntuarias y lo difícil que es prescindir de ellas después, una vez que el lujo se convierte en necesidad. En tal sentido, Totsky se atenía a la buena tradición antigua, sin tratar de modificarla en modo alguno. Nastasia Filipovna no rehusaba el lujo y hasta la satisfacía; pero, por extraño que pareciera, jamás se dejaba esclavizar por él. Incluso dijérase que estaba dispuesta a prescindir en cualquier momento de aquellas comodidades, lo que se tomó la molestia de participar a Totsky, no sin viva confusión de éste. Había muchas cosas en Nastasia Filipovna que a él le incitaban a desagrado y desprecio. Aparte la benignidad de Nastasia Filipovna con las gentes vulgares que se complacía en tratar, mostraba otras extrañas tendencias, como, por ejemplo, la de manifestar agrado en poseer el conocimiento de cosas que una persona refinada y de buena educación no podía ni siquiera admitir como existente. Si Nastasia Filipovna hubiese acreditado una elegante y encantadora ignorancia del hecho de que las mujeres campesinas no podían adquirir las ropas de batista que ella gastaba, Totsky se hubiese sentido muy halagado. Todo el plan de la educación de la joven había sido concebido desde el principio con miras a tal finalidad por el propio Totsky, hombre muy entendido en aquellos respectos. Pero lo logrado era desconcertante, porque Nastasia Filipovna conservaba, pese a todo, un modo de ser peculiar que en tiempos había fascinado a Atanasio Ivanovich y que aun ahora, ya olvidados todos sus ulteriores proyectos sobre ella, le atraía vivamente.